La caducidad del recuerdo

Las peores verdades son las irrefutables o, mejor dicho, aquellas por las que no podemos hacer nada y permanecen ahí; las que nos han visto nacer y nos verán morir invariables, suspendidas y eternas mientras lo finito nace, ocurre y finaliza. Quizás esa sea la pena que algún estamento divino les ha entregado para purgar, acaso, esa virtud.

El tiempo pasa. Los años lo acompañan y nosotros los vemos recorrer nuestro cuerpo. Crecemos y nos llenamos de marcas que nos lo recuerdan: las grietas que la piel gana en las comisuras de sus pliegues, los intersticios que se van completando y los vacíos que van haciéndose más amplios, los movimientos se van entorpeciendo como la tosquedad de la veta de la madera cuando le gana un poco la humedad. Aprendemos, maduramos y nos hacemos conscientes. Vivimos con la muerte como un factor inminente pero indefinido. Algunos encuentran en eso algo trágico, otros simplemente aspiran a ese momento buscando un poco de redención.

El tiempo que arruga los cuerpos también aja el recuerdo. Tal vez es una coincidencia que en este momento, mientras escribo estas líneas, suene en la lista de reproducción el Réquiem de Mozart. O tal vez no y en mi mente siempre haya estado presente. No sé, ya no sé qué es real y qué no; me es imposible determinar lo factible de lo deseado; lo transcurrido de la fantasía. No puedo afirmar, a ciencia cierta, si el aroma que asocio a tu pelo sea el tuyo o sea el de los malvones del vivero de la calle Baradero. No puedo acordarme si lo que charlamos esa última vez era tal como lo recuerdo o si sólo le puse alguna nota al pie a una escena que fue silencio y despedida. Creo, con una angustia rotunda, que la mayoría de las cosas que pienso las he volcado más desde un lugar literario y mágico que desde la realidad misma.

El tiempo ha ajado mi memoria y esta, quizás, sea la pena que yo mismo debo sostener. La lluvia que hoy veo probablemente la hayamos visto juntos, golpeando incesante sobre las hojas del limonero del patio, el que usa Luna como paraguas cada una de las veces que ocurre. Estoy convencido que este cielo ya lo vimos y hoy, tanto tiempo después, le otorgo a las nubes la misma y caprichosa forma que le supimos dar ese día de enero que seguramente tampoco ocurrió.

Mi condena no es cargar con la finitud de la vida sino con la caducidad de los recuerdos. Es probable que el vicio de escribir me haya convertido en un redactor de grandes anécdotas que no lo han sido tanto. Es probable. Lo real es que ya no te recuerdo tan claramente como quisiera. Sé tu nombre, la edad que tendrías, tu número de documento y hasta recuerdo el número de legajo que tenías en tu trabajo. La fecha en que te casaste y la fecha en que te fuiste. Pero las matemáticas no me ayudan a recordar el tenor de tus abrazos, la calidez de las palabras que lanzabas cuando me mirabas a los ojos, la duración de los momentos que pasamos mirando el ventilador mientras escuchabas conmigo algún partido de Talleres, las innumerables discusiones estériles que manteníamos aferrados a la excusa del temperamento; ya no recuerdo si las caricias en mi pelo las hacías con la mano derecha o con la izquierda o la tibieza que dejabas en la silla donde te sentabas; no recuerdo eso y tantas otras cosas más. Las nimiedades más absurdas que, a veces, son las más importantes. El tiempo pasa y el ayer apenas es una mera construcción narrativa que te enaltece más allá de lo que vos misma desearías, lo sé.

Y llega así este día y te recuerdo, con la triste convicción de que el resto del año lo hago cada vez menos o con menor intensidad. El tiempo me atraviesa la carne como un puñal de filo tramposo y quirúrgico que apenas alcanzo a percibir una vez al año, recién cuando veo el mango hacer tope contra mi esternón y me cargo de angustia y de culpa.

Las peores verdades son las irrefutables. El tiempo pasa y eventualmente moriremos, pero lo que vivimos nos va abandonando antes para que no olvidemos que tenemos fecha de vencimiento. Aprendí que esa pena es lo que debo cargar mientras viva, pero también aprendo cada día que la muerte se parece menos a la tragedia y más a la posible redención de tu abrazo. Entonces la espero sin miedo. Como el guerrero que cuida el bosque esperando que otro venga a matarlo para ocupar su lugar. Estoicamente. Sabiendo que el fin está cerca y que un nuevo comienzo, también.

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Septiembre

Septiembre tiene algunas cosas que lo hacen diferente del resto. Ésas, las que me cambiaron la vida y lo siguen haciendo. No me trae el amor, no me trae la primavera, no me trae nada. Sólo me acerca tu recuerdo y tu imagen imborrable en mi mente. Las discusiones sin sentido. Los abrazos de los sábados. Las cervezas en el patio de casa. La voluntad inquebrantable; ésa que no heredé. Los olores a hospital y vendas de yeso. La firma en mi cuaderno de comunicaciones. Las fotos sin sonrisas. Los abrazos de Nochebuena. Las mañanas de misa. Las tareas de mi hermana. El esfuerzo pleno. La entrega absoluta y resignada. El amor. El trabajo. El amor al trabajo. El amor a la familia. El liderazgo positivo. La voz que ordena. La cohesión. Las peleas sin sentido. Las discusiones subidas de tono. Nuestros temperamentos opuestos. Sentarme al lado tuyo. Conocer a mi novia. Entregarle tu mas preciado tesoro. Tu presencia constante. Tu lugar en la mesa que siempre fue tuyo. El 1886 que no olvido, pero tampoco visito tanto. La mesura. La conciencia. Dar todo por los demás. Dar más por nosotros. Dar. Enseñar. Aprender.

Septiembre tiene esas cosas pero cada día pienso mas. Siento menos. Admito con menos dolor. Recuerdo. Sonrío y sé; sé que nadie muere, que sólo nos vamos para volver a nacer. Como hoy. Como todos los días.

En estas cuestiones, la fecha es sólo una anécdota.

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Colectivo

Todo el trayecto de regreso a su casa lo hizo con lágrimas en los ojos, lágrimas que no brotaban a borbotones pero que sin embargo ahí estaban, cayendo lenta y verticalmente por debajo de los lentes, dejando una estela húmeda y apuñalándole la piel de la cara con agua y sal. Casi una hora así. Pidiéndole perdón a la vida por esas angustias.

Por la ventana veía correr hacia atrás las casas y las baldosas de la vereda, los carteles de la calle, la esquina esa de Santa Fe que tiene un bar de nombre gracioso, el puente que cruza el río Suquía, chicos saliendo de la escuela a toda velocidad para llegar a tiempo de almorzar en sus casas, chicos subiendo a toda velocidad para llegar a tiempo al colegio; destiempos que se cruzan, ambivalentes, que van en direcciones opuestas pero que van hacia el mismo lugar. El reflejo del sol que se colaba (a veces sí, a veces no) esquivando las torres de los edificios y que le calentaba la sal de los ojos. El pasillo poblado de gente viajando parada a la altura de Colón y General Paz, el pasillo vacío de viajeros a la altura de Ciudad Universitaria. Su facultad. Su ex facultad, donde terminó de matar algunos sueños, también pasó corriendo por la ventanilla del colectivo hacia atrás mientras él avanzaba inevitablemente hacia adelante; allí donde no hay certezas para abrazar y son sólo incógnitas, dudas, puertas que nunca se abren. O sí. Elecciones que uno no elige. O sí. Futuros que uno no puede construir. O sí.

El colectivo avanzó firme en su agenda geográfica. Él se mantuvo taciturno en la postura vaga y débil de la angustia recalcitrante que le quemaba los intestinos. Sin mucha paz retomó las últimas cuatro hojas del libro que tenía en el bolso que llevaba apoyado sobre sus piernas. Releyó lo que pudo como para aniquilar esas quince cuadras que lo separaban de su destino hasta que hizo tiempo de bajar.

Se acomodó los lentes y caminó hasta perderse en el final de la calle. Nadie nunca supo qué fue de su vida de ahí en adelante. Creo que esa fue su mayor victoria.

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Lo que enamora

Lo que atrae es el misterio, la búsqueda ciega del valor oculto, el desafío; no enamora el resultado, sino los intentos, más o menos útiles, que motivan su búsqueda. No seduce una linea recta ni seduce un laberinto que nunca opone dilemas.

Vaya mi especial atención al lector distraído, que puede cometer el pecado de confundir  incógnita con complejidad; nada más desacertado. Sólo creo que, aún lo cotidiano, es mejor disfrazar nuestra simpleza detrás del más complejo enigma.

Lo que enamora, lo que en definitiva desactiva todas las aduanas emocionales, es creer en la sucesión infinita de preguntas que no tienen respuestas, de ecuaciones irresolubles, de caminos que se bifurcan.

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Traición

Le corrió fuego por las venas, un calor sulfúrico por brazos y piernas hasta su torso, su pecho y su espalda. No era tristeza, era odio. Odio que le desgarraba los músculos y la piel. Hubiera preferido arrancar cada uno de los besos que le quedaron marcados en los pliegues del cuerpo antes que saberla mentirosa. Era menos humillante llenarse de cicatrices y borrar cada recuerdo melodioso de aquellas caricias con algunas cuantas marcas que le hurgaran la culpa y el asco. Cuánto más piadoso sería montarse en esos espasmos temblorosos y hacer explotar cada célula de cada tejido; arder a propósito, como el que arde en el infierno con un dolor que no es el mismo que el de la carne.

Él hubiese deseado corroer sus huesos y sus coyunturas, convertirlos en polvo y trizas y gritos desesperados pidiendo auxilio; arrancar sus ojos y arrojarlos lejos para no tener que volver a ver; lacerar el lugar que guarda la memoria, borrar la imagen del beso que se dieron a escondidas, bajo aquella lámpara de calle. Volver el tiempo atrás. Dejar de llorar o atragantarse de bilis hasta ahogarse.

Él hubiese elegido morir, deseando que el veneno de su sangre inunde la tierra que encierra el agua que ella ha de beber.

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Ritual

Se inició el ritual cuando sonaron en la radio los primeros acordes de la canción y allí, mientras ella estaba acostada, alcanzó a ver el brillo de la luna que entraba por la ventana reflejado en su ojo derecho. A su lado, él. Apoyado en el costado de la cama y mirándola con tal fascinación que apenas tuvo la lucidez suficiente como para correr detrás de su oreja parte del cabello que le cubría la frente.

Se entregaron tácitamente a la noche y permitieron que la falta de luz invadiera sus dobleces para descubrirse al tacto como si se tratase de la primera vez. Comenzó por desprenderle los botones de la camisa, desde el cuello hasta el abdomen, y aproximó la palma de su mano, trémula, sobre aquel vientre ansioso. Le acarició el cuerpo hacia los costados, aprovechando para afirmarse en la piel de sus caderas, como si no quisiera no soltarla nunca, como si no pudiera, como si buscara quedarse allí anclado a la poca esperanza que le regalaba el momento.

No se si alcanzó a sentir su corazón o si acaso percibió la forma en que respiraban entrecortado; si se que de haberlo hecho, hubiera notado como se movían al unísono. Es que nunca dejaron de ser uno, aún cuando se pensaban separados; nunca lograron comprender que desde siempre estuvieron conectados en ese brillo incandescente que cega los ojos aún cuando están cerrados. Aquella noche iniciaron el ritual y en la oscuridad de un febrero caduco volvieron a ser pradera devorada por el fuego.

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Lluvia

Afuera llueve. Acostado en mi habitación miro el techo y siento como reverberan las gotas cuando caen sobre el alero de cinc en el patio. El gato se inquieta. Se queda mirando fijo su reflejo en el vidrio de la ventana, interrumpe con algún manotazo y se crispa, gira y vuelve a iniciar la secuencia. El ventilador apenas empuja la humedad del aire sobre mí. Fuera de eso no hay ruidos, no hay segunderos que resuenen, no hay madera que cruja. Sólo lluvia golpeando incesantemente un alero de cinc.

Afuera llueve. Yo, acostado en una cama que es demasiado grande para mi, lloro. Solo. Porque en noches como ésta no aprendí a hacer otra cosa para matar el tiempo que no avanza que llorar; y ya no sé si quiero aprender. O si acaso puedo. No importa. Me preocupa más que esta pena es tan grande que ni siquiera puedo acomodarla a un costado para poder dormir unas horas. Ya no pido paz, me conformo con mendigar algo de descanso. Pierdo. Me gana el sonido de la lluvia, rompiendo cada vez más violentamente contra ese alero de cinc.

Afuera llueve. Parece que adentro también.

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